El relato de la historia no reconoce textos sagrados

El relato de la historia no reconoce textos sagrados
Una interesante polémica se dio en el Suplemento Señales respecto al nombre de un burdel.

Aunque este artículo no esté referido directamente a la historia de nuestro barrio, la profesora María Luisa Múgica hace su descargo a la crítica recibida por parte del coautor de Prostistución y Rufiansimo, Rafael Ielpi, que en sucesivas ediciones del suplemento Señales del Diario La Capital, han venido debatiendo sobre el nombre del prostíbulo El Paraiso, o Madame Safo, que actualmente ocupa el Hotel Ideal. 

Recién en el Renacimiento se empezaron a incorporar técnicas eruditas para revisar las fuentes de información del historiador. Previamente los criterios que se utilizaron fueron la vista o la visibilidad, y los testigos de vista, o de los acontecimientos. Este historiador era alguien que estaba inmerso en el “espíritu de la época”, era partícipe o sabía a quién preguntarle. La historia era inmediata, presente. Sin embargo, cuando los historiadores se alejaban de los hechos que relataban comenzaron a aceptar criterios de autoridad. Como ya no podían “ver” ni podían interrogar a los testigos entonces les “creían” a algunas personas que por determinadas condiciones (prestigio, santidad) lo ameritaban, no había ningún ejercicio crítico de los testimonios.

Los textos auténticos se diferenciaban de los apócrifos no a través de la crítica de los testimonios sino de la ponderación de los testigos. Las obras se sometían al escrutinio de la autoridad competente, el monarca, y con su aceptación se transformaban en monumento público, porque ya no se discutían. Las que no gozaban del beneplácito del monarca eran consideradas apócrifas. Desde los siglos XV y XVI se empezaron a cuestionar los criterios de autenticidad/veracidad aceptados hasta entonces y a partir de la crítica filológica también las fuentes documentales.

Desde allí todos los documentos, incluidos los eclesiásticos, se empezaron a discutir, incorporándose al campo de la investigación enormes e importantes conjuntos de fuentes. Ese gesto, que transformó a la historia, se perfeccionó en el siglo XVII y se instaló en la disciplina como marca nueva, característica del discurso histórico, desde el XIX. Este dejó de ser solamente un relato de acontecimientos para incluir la evaluación crítica de los documentos, entre otros aspectos.

Los historiadores hoy saben que sus obras son hijas de su propio tiempo, que el tiempo presente es una gran cantera para la formulación de las preguntas y los problemas y saben además del carácter provisorio y conjetural que tienen sus producciones y sus temas. Cada época escribe su Edad Media, decía Lucien Febvre.

En ese sentido la historia de la prostitución de esta ciudad, al igual que cualquier otro tema, es pasible de ser revisada, sobre todo a la luz de nuevos materiales de archivo y fundamentalmente de las preguntas que alguien se formula. No es extraño entonces, desde este horizonte temporal anclado en preocupaciones e intereses propios del presente, ligado entre otros aspectos a los importantes desarrollos de la historia de las mujeres o de la memoria, que aparezcan nuevos relatos.

Esos nuevos relatos no se construyen desde la nada, sino desde estados de la cuestión, esto es de la revisión crítica de la bibliografía disponible, la cual es criticable, discutible, en su conjunto. Inclusive Prostitución y rufianismo, sin restarle por ello mérito alguno. Ser pionero en la apertura de un campo temático no da hoy ningún derecho a pensar el relato como acabado, como monumentum, actitud que no sólo no produce ningún beneficio sino que procura impedir el crecimiento del conocimiento, cristalizándolo, transformándolo en materia inerte, sin cambios, impugnaciones. ¿Acaso alguien prescindiría de dar a conocer un descubrimiento en el campo de la medicina, por ejemplo, a los efectos de evitar contradecir los supuestos en boga o en circulación? Suena más bien absurdo y es una actitud impropia de la actividad académica.
Desde este presente fértil, la palabra “operaciones”, que ha sensibilizado a uno de los autores del texto mencionado, no alude como parece entender a tergiversaciones o maledicencias —de las que, en cambio, no se ha privado— sino más bien a producciones, construcciones de sentido de una época. Cuando algunos autores como Elizabeth Jelin o Hilda Sábato hablan de memoria lo hacen desde allí, de pensar la memoria como operaciones culturales (o mecanismos culturales) inmersas y fundadas en valores que construyen o refuerzan el sentido de pertenencia, cohesión o identidad de un grupo social.

Sin embargo la historia no es igual a la memoria, ambas pertenecen a órdenes diferentes. La historia procura “comprender”, decía Marc Bloch, y hacer comprender, procura ayudar a entender cómo se movían, pensaban, actuaban los hombres y las mujeres del pasado, cómo configuraron sus subjetividades, múltiples, complejas y por cierto contradictorias.

Como la memoria es persistente, es probable que se siga nominando Safo a El Paraíso, pero ese es un problema de otro orden. En el futuro los historiadores leerán La Capital quizás como hice yo, sin hacer zapping, íntegramente desde 1874 hasta 1933, junto con otros materiales, teniendo esta referencia en la mira y verán cosas que se me pasaron por no saberlo o sospecharlo.

Finalmente, hace 20 años que estudio el problema de la prostitución reglamentada en Rosario. Escribí un seminario con María Marta Mutti para recibirme de profesora de historia en 1988; después, sola, una tesis de licenciatura, en 1997, una de maestría, en 1999 y de allí en más distintos artículos o ponencias que circularon en ámbitos académicos y periodísticos.

Leí todo el material disponible en los diferentes archivos de la ciudad, fuentes de distinto origen que podría sin ningún tipo de alarde mencionar. Sin embargo fue el protocolo de preguntas, el hecho de ser una historiadora incardinada en cuerpo de mujer, el horizonte del presente, mi formación universitaria lo suficientemente décontracté para pensar estos temas, la lectura de documentos de distintas procedencias jurídico-políticos, sanitarios, periodísticos y la lectura sistemática emprendida en 2007 de los documentos policiales, lo que me ha permitido mirar el fenómeno de otro modo. Mirarlo por afuera de los mitos y de las misceláneas evocadoras, procurando —quizás no siempre con éxito— producir inteligibilidad sobre aquellos aspectos que constituyen parte de la historia social y de la historia “negra” y violenta de la ciudad.

NOTA: El origen de esta nota proviene de un artículo publicado el 13/04/2008 en donde la Profesora Múgica indaga el origen del nombre del prostíbulo El Paraiso (hoy Hotel Ideal). Sin embargo, una semana después, sintiendose aludido por determinadas frases del artículo mencionado, Rafael Ielpi, coautor de Prostitución y Rufianismo, hace su descargo.

Vía | María Luisa Múgica – Suplemento Señales – Diario La Capital – 27 de abril de 2008

1 comentario

  • María Luisa Múgica dice:

    Estimado Damián:

    para ser justa con mi propio trabajo de tantos años, voy a indicar que en el artículo que salió en el diario se revisa más que el nombre; marco la fecha de traslado de las casas de tolerancia al barrio llamado NE, dp Pichincha, mediados de 1913, (no 1915), las últimas, los primeros meses de 1914, esa información se puede consultar leyendo el diario La Capital, los seis meses en el archivo del mismo diario, o bien en el Consejo de Mujeres los meses que corresponden a 1914 en adelante.

    2. los dueños del prostíbulo, que encontré en archivos municipales planos y papeles que acreditan la propiedad del lugar. Uno podría dudar y pensar que los dueños eran unos y los efectivos explotadores otros, sólo que a Marcelle Barriére la he encontrado en más de una oportunidad, firmando nota con otras regentas, cuando leí todos los tomos de Expedientes Terminados del Municipio desde 1869 hasta 1933, y un poco más dp buscando a un médico.

    3. Encontré a una mujer que en 1916 aparecía con ese alias María Luisa Maissot o Moissat y era la regenta de El Paraíso, y a otras que como ella, fueron regentas, (suerte de administradoras del lugar) del El Paraíso, que usaban otro alias, como era el caso de Juana Oscarini, cuyo alias no era MADAME SAFO sino Madame Jeanette, o La Gringa según indica su prontuario.

    4. No sólo vi el prontuario de Malatesta y el testimonio de Albert Maury diciendo que era su gerente, sino el de otros hombres que también eran suerte de administradores/mozos, etc, y vivían en el mismo Paraíso.

    Cuando leí integramente La Capital me llamaba la atención que nunca encontré ese nombre es más llegué a pensar (antes de ver los permisos municipales) que podía ser un lupanar, esto es un lugar que estaba “cerrado” para los ricos, o podía ser una suerte de clandestino, pensé tontamente o hipotéticamente, si se prefiere, distintas cosas porque no lo encontré nominado como Safo, en ese diario y en otras fuentes de la època, sí reconocía el lugar por la dirección, otros lugares aparecían con el nombre El Royal, el Mina de Oro, etc, sin dirección pero los reconocía . El diario que menciona a la madame safo, como una madama es el Rosario Gráfico de 1932, el resto de la documentación no dice esto. Es más hay un documento de 1929 de un concejal que está en el archivo de Exptes Terminados, pero no en esa fecha guardado, en el que se reproducen los nombres de los burdeles y cuál es su tarifa, allí dice Paraíso, 5 $. Cdo hice el informe histórico para Patrimonio Histórico de la Municipalidad, en el 2005, reproduje esto y al lado de Paraíso puse un signo de pregunta, será el Safo?, pero no se puede decir algo si uno no tiene suficientes herramientas para poder probarlo, ah y más de una fuente claro.

    Estudiando la historia de la prostitución de la ciudad me di cuenta que a veces la memoria le juega malas pasadas a la historia, sin ser por ello una “operación adrede”, y que es tarea de la historia confrontar diferentes testimonio a fin de desenterrar esas otras memorias que vaya a saber por qué fueron sepultadas. Nadie debe por ello sentirse desautorizado, sólo que los relatos son temporales y la lectura o descubrimiento de nuevas fuente (soy el primer investigador de la provincia autorizado para leer los prontuarios y bastante trabajo me di poder entrar) permite echar luz sobre aspectos que en otro momento no gozaban de demasiado interés.

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