Fichas de prostíbulos

Fichas de prostíbulos
Algunas de las latas que se usaban para pagar servicios de prostitutas.

En los años 20 y 30 el barrio Pichincha tenía su propia divisa. Se trataba de un objeto preciado de escaso valor económico, pero muy codiciado. Garantizaba –en el mejor delos casos- algo de placer; y en el peor de ellos, el derecho de pasar el tiempo con una de las pupilas del prostíbulo. Se trataban de las conocidas «fichas» o «latas» que servían para controlar el trabajo de las prostitutas que trabajaban en el prostíbulo. 

Función de las latas

El sistema de latas funcionaba en la mayoría de los prostíbulos reglamentados; y en algún que otro clandestino; según surge de los testimonios recolectados por Zinni y Ielpi en «Prostitución y Rufiansimo» Cada peringundín tenía su propia ficha, con su propio diseño, algunos más rústicos y otros mas producidos. Sin embargo, muy pocas llegaron a nuestra época. Por ejemplo, es relativamente sencillo encontrar algunas del Petit Trianon (que ilustran este artículo), en un estado bastante decente (recordemos que tienen casi un siglo) en manos de coleccionistas privados. También hay algunas en circulación con las iniciales C.F, que pertenecerían al Café Marconi. Pero del resto de los prostíbulos, sólo quedan rumores.

La operatoria era la siguiente. El parroquiano ingresaba a la casa de tolerancia. Era recibido por la madama de turno. Ésta le informaba el “precio” por los servicios de sus pupilas. Recordemos que había prostíbulos de calidad, cuyo precio rondaban los 5 pesos (habitualmente los reglamentados) y otros mas económicos y hediondos a los que se podía acceder a un “servicio” por apenas un peso.

El cliente, le pagaba el precio a la madama. Ésta, a cambio, le entregaba una o varias fichas con el diseño del prostíbulo. A estas fichas, vulgarmente se las llamaba latas. El cliente, ya con su lata en mano, pasaba al patio donde se encontraban las pupilas que se ofrecían en el lugar. Una vez seleccionada la que mas le gustaba, pasaban al cuarto. El cliente depositaba la ficha en una especie de alcancía (también de lata) como forma de pago. Por supuesto, todo antes del acceso carnal.

Este intrincado sistema tenía varios fines. En primer lugar, impedía que las pupilas manejaran dinero. Quizás por precaución a que se fugaran con la recaudación, quizás como forma de protegerlas de los posibles “asaltos” por parte de los clientes. Por otro lado, se garantizaba que las madamas sean quienes distribuyan los dividendos. También era una forma de controlar que la prostituida no otorgue más tiempo que el que correspondía a su cliente.
A fin del día (quizás semanal, o quincenalmente), la pupila entregaba a la madama la totalidad de fichas recogidas durante la jornada. Y ésta le pagaba el porcentaje que le correspondía, que en el mejor de los casos, alcanzaba al 50% de la recaudación.

Sin embargo, se le encontró una vuelta de tuerca a esta metodología. Quizás cuando las prostitutas ya disponían de un capital suficiente, o la madama decidía darles algo mas de libertad a sus pupilas, se recurría a la modalidad de «Casa de Pensión» que funcionaba como anexo de los prostíbulos. Allí, la prostituta podía recibir a su cliente y acordar con ellos el pago que quisieran, y la duración del servicio que desearan; sin sujetarse a los precios y tiempos fijados por las madamas de turno. La pupila sólo estaba obligada a pagar diariamente una suma fija en concepto de alquiler de la habitación que ocupaba. El Moulin Rouge y el Royal adoptaron esta modalidad.

Radiografía de las fichas

Como se dijo, las fichas que mas se conocen son las del Petit Trianon. Los primeros ejemplares reaparecieron a la luz mientras se realizaba la investigación que finalmente culminaría en el libro «Prostitución y Rufianismo» cuando uno de los entrevistados le obsequiara los investigadores una de esas fichas.

Precisamente en ese libro, citando un artículo del Boletín del Instituto de Numismática e Historia de San Nicolás las describe: «Es una pieza compuesta de tres partes: dos láminas metálicas que recubren un centro circular de cartón. El metal está dorado y el conjunto sometido a la acción de una prensa entre dos cuños con la impronta de sus caras. Por ambos lados lleva gráfila dentada, estando aplicada la del reverso sobre el cierre o doblez de una de estas láminas, asegurándolas. Su módulo es de 21,4 milímetros y su peso de 1,4 gramos»

En efecto, estas fichas muestran en su anverso, el rostro de una mujer luciendo un peinado antiguo. En su contorno, se leen las palabras Discretion – Securite. En el reverso no hay imágenes, observándose únicamente el nombre del local (Petit Trianon) y su ubicación Pichincha 87 – Rosario.

Sumó algo de confusión la aparición de nuevas fichas (a la sazón, latónes) de menor calidad que las del Petit Trianon. Poseen la inscripción de las letras C.M.; a las que las descubridoras atribuyen pertenencia al prostíbulo Café Marconi, también conocido como Carlos Drago. En el reverso, cuenta la con la inscripción P.F cuyo significado se desconoce. Además, tienen consignados números (50, 20, 10 y 5). Se especuló que podrían significar el costo de los diferentes servicios sexuales, pero esa conjetura es fácilmente descartable sabiendo que los prostíbulos mas caros rara vez cobraban más de 5 pesos por servicio.

Fichas de prostíbulos

Cara y cruz de las fichas usadas para pagar servicios.

Meter la mano en la lata

A raíz de esta modalidad de pago se incorporó al vocabulario lunfardo, y trascendiendo al cotidiano, la expresión «dame la lata». En efecto, se evoca una escena de prostíbulo: al llegar, el cliente pagaba su consumición y recibía una latita como prueba del pago. Al entrar en el cuarto de la pupila se la entregaba. Cuando el rufián visitaba el quilombo, exigía de sus pupilas la entrega de las latas, para calcular la parte que le correspondía.

Es más, los conocedores del mundillo del tango; consideran que el primer compositor de tango fue Juan Pérez, un clarinetista de romerías, autor del tema «Dame la lata» quien lo habría compuesto hacia mediados de la década de 1880; aunque no se descarta que hayan existido otros autores y otras canciones. En este tango, se hace referencia a la escena descripta.

También, se atribuye al sistema de pago mediante fichas, el origen de la expresión «meter la mano en la lata» Popularmente significa apoderarse de bienes de otro, haciendo abuso de la confianza que se ha dispensado confiando los mismos. Se dice que metían mano en la lata los clientes que intentaban extraer de la “alcancía” (que era otra lata) que cada pupila tenía, alguna que otra ficha para asegurarse –en un momento futuro- otro servicio sin tener que pagar por él.

Bibliografía

– Ielpi, Rafael – El imperio de Pichincha: La mala vida en Rosario – HomoSapiens Ediciones, Rosario, 2009.
– Ielpi, Rafael; Zinny, Hécto – Prostitución y rufianismo – HomoSapiens Ediciones, Rosario, 2004.

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