El célebre burdel de Pichincha, la antigua zona roja, tuvo el nombre que le adjudicó el mito. Documentos de reciente hallazgo permiten precisar datos hasta ahora desconocidos sobre sus dueños, administradoras y funcionamiento. Una excelente y profunda investigación por María Luisa Múgica publicada en el Diario La Capital del 13 de abril de 2008; que tuvo réplica por parte del periodista e historiador Rafael Ielpi una semana después; aunque la profesora Múgica vuele a la carga. 

A mediados de 1913 en Rosario se empezaron a trasladar las casas de tolerancia a los barrios establecidos para tal fin por el municipio. Dos fueron los elegidos, uno el Sud-Este, conformado por las calles Ituzaingo y Alem, a partir de Alem, con exclusión de esta calle hasta el río y el otro, el más conocido, el Nor-Oeste, después renombrado como Pichincha, delimitado por las calles Pichincha y Suipacha a partir de Salta (ésta excluida) hasta los paredones del Ferrocarril Central Argentino.

En el segundo se asentaron los burdeles más lujosos. Así fue previsto, las casas debían reunir “condiciones especiales, a fin de que puedan ser clasificadas como de una categoría superior a las que se permitan en el primero” decía el Informe y proyecto sobre casas de tolerancia de 1911. Del barrio sudeste se ha perdido casi todo rastro, a diferencia del segundo, que es el que aún perdura en la memoria de los rosarinos.

Estos barrios daban cuenta de los intentos de demarcar desde el municipio —el asunto de la prostitución era, por entonces, de clara incumbencia municipal— una suerte de geografía del placer permitido en la ciudad. Si bien la condición nómade parecía ser la característica de estas casas, puesto que cada tanto la legislación sufría modificaciones y se producían los traslados en el interior mismo de la ciudad, estos barrios —pese al esfuerzo de ciertos vecinos por tratar de evitarlo— se mantuvieron en calidad de barrios prostibularios hasta 1932, cuando se votó la ordenanza abolicionista, derogándose todas las normativas, permisos, concesiones y resoluciones que reglamentaban el ejercicio de la prostitución y que se puso en práctica a partir del 1º de enero de 1933.

Aunque las casas de tolerancia debían haberse trasladado en diciembre de 1913, hubo tres que gozaron de exenciones especiales —estrategia absolutamente usual en lo que se refería a los burdeles— y terminaron de mudarse en los primeros meses de 1914.

En el barrio Pichincha se asentaron entonces la mayoría de los burdeles legales. Aún perduran algunas de esas construcciones —refuncionalizadas—, edificios construidos especialmente como casas de tolerancia, que dan cuenta de una arquitectura de burdeles y le imprimen a esta ciudad un sello diferenciador de otras que, si bien reglamentaron la prostitución, no parecen haber desarrollado esos tipos de dispositivos arquitectónicos específicos.

En ese sentido, uno de ellos es el todavía recordado Madame Sapho, hoy Hotel Ideal, ubicado en Pichincha 68 bis, que en realidad se llamaba El Paraíso.

Memorias sepultadas

El permiso de construcción de El Paraíso data del 18 de junio de 1914. El Departamento de Obras Públicas se lo otorgó al francés Albert Maury, alias Ruffat, en tanto A. Crexell e hijo fueron los constructores. El permiso era para construir un edificio de un piso de 15.59 metros de frente destinado a casa de tolerancia en la calle Pichincha entre las de Brown y Güemes y el costo era de $43.790. Se establecía que el volumen de las habitaciones no podía ser menor a 72 m3 y que la claraboya debía suprimirse o bien colocarse una de abrir y cerrar para no quitar la ventilación de las piezas, en consonancia con las medidas de higiene según la prédica de la época. Desde el punto de vista legal y a fin de cumplimentar las medidas higiénicas, además, los burdeles eran asimilados a las casas de inquilinato.

Todavía el 19 de julio de 1928 el propietario del lugar sigue siendo Albert Maury, quien en esa fecha solicitó un nuevo permiso para construir piezas. Por otro lado, su mujer, Marcelle Barrière de Maury, que fue regenta del lugar, aparecía como propietaria del domicilio vecino, Pichincha 60 bis o 52 bis, según rezan los planos.

Precisamente en un expediente en el que Barrière solicitaba a la municipalidad permiso para construir un tapial con domicilio en Pichincha 52 bis, hay un plano de 1925 que señala que la propiedad vecina es del mismo dueño y todavía aparece así en octubre de 1933.

En más de una oportunidad se sindicó como propietarios a los hermanos Pedro y Enrique Malatesta (confundiéndolo con Francisco). En realidad, Francisco Malatesta, de nacionalidad francesa, era el gerente o encargado del Hotel París, sito en Santiago 1669, donde también vivía su hermano.

El Hotel París, o casa amueblada y posada de primera clase, que contaba con número de registro, pertenecía también a Albert Maury, como lo manifiesta él mismo por nota a la policía de Rosario. En 1933 Francisco Malatesta desapareció de la ciudad cuando la policía de Buenos Aires libró orden de captura en su contra con motivo de que el gobierno nacional decretó su expulsión del país.

El Paraíso era una casa de 2ª categoría, ya que albergaba a más de dos mujeres y estaba sujeta a radio establecido, amén de las medidas impositivas exigidas por entonces. Esta casa de tolerancia, la más cara de la ciudad, tenía en abril de 1929 unas 15 mujeres trabajando y la tarifa era de 5$.

Su nombre, quizás desde su establecimiento en 1914, era El Paraíso. Así lo informan las fuentes municipales y policiales hasta 1932. Sin embargo, operaciones de memoria periodística de los años 70, sin duda meritorias, renominaron el lugar como Madame Safó o Sapho. Sin embargo rara vez en la documentación policial y de la época aparece así mencionado; en algún caso se habla de “la casa de Madame Sapho”, aludiendo a las regentas, o bien de “El Paraíso de Madama Safó”, según dice un documento policial.

El burdel en la intimidad

El Paraíso era muy lujoso. Tenía vitrales, la famosa calesita, alguna habitación cubierta en madera, su techo con cúpula y motivos orientales que apuntaban a una suerte de refinamiento en el arte de amar. Sin embargo, su planta no difiere de otras de la época: un patio central con habitaciones alrededor y una cúpula vidriada. Es por cierto mucho menos monumental —en cuanto a sus dimensiones— que el Mina de Oro, de Pichincha 73. Tenía entre 10 y 16 habitaciones, diferencia que aparecía mencionada en los distintos documentos municipales.

En 1923, la que era por entonces su regenta, Alice Ribera, junto con otras colegas solicitó al intendente modificar el artículo 3 de las ordenanzas sobre prostitución sancionadas el 31 de mayo de 1907, por el que se permitían 15 mujeres por burdel. Por otra parte la normativa sobre el asunto establecía que el número de habitaciones debía ser proporcional al número de mujeres. Las regentes apuntaban a que se permitiera hasta 25 mujeres por burdel. Y finalmente lo consiguieron en 1930.

Las casas de tolerancia servían al mismo tiempo de local y domicilio para las mujeres que allí trabajaban (prostitutas y personal doméstico), aunque existieron algunas variantes ya que muchas prostitutas no vivían en las mismas casas, sino que iban allí a trabajar. Las habitaciones no podían tener ninguna comunicación interior ni exterior con las casas vecinas y hacia 1930 se estableció que debían contar con lavatorio de cuatro llaves, agua corriente fría y caliente y los respectivos desagües.

Las regentas eran comúnmente antiguas prostitutas que hacían “carrera”. Algunas continuaban ejerciendo igual la prostitución, sólo que tenían mayores responsabilidades frente al Estado Municipal. Esta función sólo podía ser desempeñada por mujeres, aunque no fueran necesariamente dueñas de los prostíbulos. En algunos casos los dueños eran hombres —como en El Paraíso— de modo que debían colocar una mujer de su confianza, en general su concubina o a veces su propia esposa, al frente del negocio para adaptarse a las normativas.

Las regentas eran personalmente responsables de todo lo que sucedía en las casas de tolerancia, de la salud de las mujeres y de cualquier infracción que se cometía en el burdel, sin que por ello disminuyera la responsabilidad del autor de la falta. Entre las más comunes se encontraba el expendio de alcohol a un ebrio, las golpizas y disturbios, la presencia de menores en el lugar, el juego de naipes y tener mujeres sin que figuraran en el libro registro o en la policía.

Lazos de sangre

Si bien la normativa indicaba que los burdeles autorizados debían ser suertes de gineceos, donde la presencia masculina sólo hiciera su aparición en los horarios estipulados, el archivo policial permite mostrar un universo diferente. El burdel era un mundo muy poblado: había mantenidos que vivían en las casas de tolerancia; en otros casos, los dueños del burdel y sus propias familias, situación que incluía a los hijos, residían en el mismo lugar; los mozos de los cafés solían vivir en las casas donde trabajaban y algunos también funcionaron al modo de hoteles, donde paraban o se alojaban solteros aunque tuvieran a su pareja en otra casa.

En ese sentido El Paraíso fue escenario del crimen de Catalina Binocchio a manos de su querido Abraham Jacobovich. Ambos compartían una habitación en Pichincha 68 bis y ella trabajaba como prostituta en el Café Royal, Suipacha 150. En medio de una violenta discusión, Catalina le arrojó una botella y él le destrozó el cráneo con una plancha a vapor, según decía La Capital el 19 de enero de 1922.

Una muestra más de que la violencia era moneda corriente en los burdeles y permeaba las relaciones que se establecían en su interior, aún en los lugares más refinados, como El Paraíso.

Arqueología de un nombre

La primera mención a una regenta con el apodo Madame Safo aparece en un documento interno entre la policía de Buenos Aires y la de Rosario que data de 1917. La policía de la Capital quería averiguar quién figuraba como dueño del prostíbulo de Pichincha 68 bis, en el que había trabajado una tal Gabi, y si ésta al inscribirse lo había hecho sola o acompañada.

La respuesta de Félix de la Fuente, jefe de Investigaciones de la policía de Rosario, fue que el prostíbulo pertenecía en ese momento a María Luisa Moissot (a) Madame Safo, quien también aparecía en otros documentos internos como María Luisa Mousat o Mossat o Maissot y fue, desde principios de 1916 hasta fines de 1918, precisamente la regenta del Paraíso. A posteriori se utilizó, probablemente, ese alias para nominar a las regentas del Paraíso. Por otra parte, Gabi indicó que se había inscripto sola y por propia voluntad en el burdel.

Otras regentas del lugar fueron Emilia Rapel (Rappell) de Papertou, desde noviembre-diciembre de 1918 hasta por lo menos octubre de 1920, quien en 1932 aparece como gerente del prostíbulo de Suipacha 144; en 1923 la madama era Alice Ribera; en 1924, Juana Oscarini, italiana, alias La Gringa o Madame Jeanette, quien con el abolicionismo tuvo una casa de pensión en avenida Belgrano en la que se ejercía la prostitución; la propia Marcelle Barrière en 1929 y en 1932, entre otras mujeres, de las cuales no han quedado muchos rastros.

Mujeres nómades

En cuanto a las mujeres que trabajaban en El Paraíso, las había para todos los gustos. En general habían ejercido previamente la prostitución en alguna ciudad argentina o en el exterior y tenían religiosamente concubinos reconocibles.

Eran, como aluden los memoriosos, francesas; pero no exclusivamente —esas son las pasadas que juega la memoria—, ya que también había italianas y españolas. Algunas de ellas, con el tiempo, se transformaron en regentas de otros prostíbulos, como el caso de D. Prado, española, a cargo en 1920 del prostíbulo ubicado en Pichincha 29 B conocido como Sevilla, o L. Popa, que en 1930 fue regenta del Petit Trianon, de Pichincha 87.

También pueden encontrarse mujeres belgas, alguna holandesa, brasileras o alguna inglesa. Si se tratara de hallar una constante, podría decirse que eran en general mujeres hermosas, bastante exóticas y todavía, con la extrañeza que el pasado reporta al presente, puede uno mirar las viejas fotografías de las mujeres de Pichincha y detectar —sin equivocarse— las que trabajaban en El Paraíso. Bastante gruesas, solían usar vestidos delicados, bordados arreglados, sacones de piel o con cuellos de piel y pronunciados cortes; se adornaban con collares y pendientes, llevaban el pelo recogido con algún adminículo y acentuaban las líneas oscuras en los ojos.

Una condición muy marcada en las mujeres prostitutas era la de ser fuertemente nómades, movilidad que no estaba solamente focalizada en afiliarse a distintos prostíbulos de la ciudad, sino que se expandía a otras provincias o bien a los países limítrofes.

El nomadismo también se veía plasmado en los nombres y alias, que la policía reconocía perfectamente. Según cambiaban de ciudad o de casa, las mujeres asumían identidades alternativas, como si el ingreso al burdel supusiera un bautismo, la adquisición de nuevas costumbres y la clausura de otras, que en algunas oportunidades se traducía hasta en declarar que no tenían familia.

La Autora

María Luisa Múgica es profesora de Teoría de la Historia en la Universidad Nacional de Rosario. Dedicada desde hace años al estudio de la historia de la prostitución, reunió parte de sus investigaciones en el libro Sexo bajo control. La prostitución reglamentada en Rosario entre 1900 y1912 (UNR Editora). Entre otros fondos documentales, ha consultado el Archivo de Obras Particulares de la Municipalidad de Rosario, el de Expedientes terminados del Concejo Deliberante y unos 12 mil expedientes en el Archivo de Investigaciones de la policía de Rosario, sección Moralidad Pública.
NOTA: En esta página ya hemos tratado varios artículos de su autoría, asi como tambien hicimos referencia al libro Sexo Bajo Control. Recomendamos su lectura. Así mismo, esta nota tuvo respuesta de Rafael Ielpi (autor de Prostitución y Rufianismo) al que la Profesora Múgica refiere al hablar de «operaciones de memoria periodística». A su vez, culminando la discusión, nuevamente Múgica hace un replanteo de los métoros a la hora de estudiar la historia en general, y de la prostitución rosarina en particular.

Fuente

Prof. María Luisa Múgica en Diario La Capital – Suplemento Señales – 13/04/2008