Anila Rindlisbacher se confieza correntina, pero aclara enseguida que desde hace 20 años vive en Rosario, y tiene intenciones de mudarse al barrio. Imagina a Pichincha como el Soho Rosarino, «donde se pueda encontrar todo tipo de tiendas: bares, restaurantes temáticos, pequeñas boutiques de jóvenes diseñadores , ferias de diseño de moda, arte y decoración» Agrega «que todas las esquinas tengan su encanto, su mística, que sea un lugar de encuentro, donde puedas pasear, y sorprenderte». Inspirado en esa visión del Barrio, nos envia un cuento, llamado Regalos Especiales, que desea compartir con todos nosotros. 

Regalos Especiales

por Anila Rindlisbacher

Ana Laura, era una chica como todas…

Estaba llena de sueños y proyectos. Todo lo que se proponía lo llevaba adelante con mucha pasión. Tenía muy en claro lo que quería hacer de su vida, por eso, todos los días luchaba por sus objetivos.

Había días complicados, donde se presentaban situaciones que le resultaban difíciles de solucionar. Había otros, en que se despertaba iluminada. Esos días, las cosas le salían como por arte de magia, de acuerdo a lo planeado en la almohada la noche anterior.

Ana Laura pensaba que todo lo que quería en la vida lo podía tener. Para ella no había cosas imposibles…Ella sabía, desde muy adentro de su corazón que si se lo proponía podía llegar hasta donde quisiera, porque tenía el don de creer en si mismo.

Había una sola cosa que Ana Laura no comprendía y siempre se preguntaba: ¿Qué es el amor? ¿Cómo es eso de que dos personas se encuentran y se enamoran? ¿Cómo puede ser que se sientan atraídas? Ella, siempre se cuestionaba esas cosas, porque nunca había experimentado ningún tipo de sensaciones, entonces un día sin más, decidió que ella nunca se enamoraría.

Ana Laura era muy creativa, con sólo dieciocho años, abrió una pequeña tienda en el bohemio barrio de Pichincha y la llamó: Regalos Especiales.

No era una tienda común y corriente, era un lugar donde uno entraba y se encontraba con cosas raras, fantásticas, ilusorias, aparentes, inverosímiles, remotas, pero todas muy agradables y bellas.

Abundaban los colores fuertes: magentas, celestes, amarillos, rojos, violetas, azules, verdes, y de cada uno, en muchas tonalidades diferentes, mas claros, más oscuros…

Algunos objetos eran tan raros que la gente se quedaba atónita. Había por ejemplo un reloj que marcaba las sonrisas. Cuando lo ponía en la mesita de luz, el reloj comenzaba a contar las sonrisas. Al final del día el reloj tocaba tantas campanas como sonrisas habías tenido uno ese día. Había sillas de plastilina, que te sentabas y se adaptaban a tu cuerpo en cualquier posición, siempre estabas cómodo. Almohadones, que te hacían dormir y soñar cosas lindas. Alfombras mágicas que volaban, podías hacer una prueba si lo deseabas, tenías que descalzarte, sentarte bien al medio y cerrar bien fuerte los ojos. Cuando Ana Laura te daba la señal de abrirlos, estabas volando por encima de todos los muebles. Como el espacio era un poco reducido, el aterrizaje era medio traumático, pero la experiencia valía la pena. La gente se maravillaba ante las mesitas que bailaban y se sorprendían de los libros que hablaban en portugués. Había unas agendas inteligentes, donde no era necesario que escribas sobre ellas, sólo abrías en el día en el cual tenías que agendar tu cita y con una mirada bajabas tus pensamientos. Como si tu agenda y vos funcionaran a través de bluetooth. Hasta había unas vinchitas que en apariencia eran simples, pero te la ponías, pensabas en el peinado y color de pelo que querías tener y te transformabas por unas horas como la cenicienta.

Uno de los regalos que más salida tenía, eran los trendyojos de sol, que eran unos anteojos para usarlos en esos días tristes que solemos tener. ¿Viste cuando parece que nadie te entiende y se te viene el mundo abajo? Eran para esos días. Te los ponías hasta que se te pase la mufa. Gracias a ellos podías ver el sol, aunque el día este nublado, podías ver las estrellas, por más que la noche este cerrada, y podías sonreír a pesar de estar un poquito triste.

Llamaba la atención, un corazón gigante que había en la pared de fondo de la tienda. Era un corazón lleno de luz, que impactaba verlo, emanaba un suave aroma. Seducía a todos a quedarse un largo rato mirándolo. Muchos preguntaban el precio, pero Ana Laura respondía que era su corazón y que no estaba a la venta.
Todo lo que había en la tienda de regalos de Ana Laura tenía vida. Al principio la gente llegaba por casualidad. Después se fue haciendo conocida y venían por curiosidad.

Le preguntaban a Ana Laura, de donde provenían esas cosas tan increíbles, y hermosas. Ella siempre respondía: _vienen desde muy lejos…y no daba más explicaciones.

La tienda se hizo muy famosa, se vendía cada vez más y más.

Desde todo el país llegaban personas en busca de estos regalos especiales. Había incluso pedidos del exterior.
Ana Laura pasaba interminables días de trabajo embalando los envíos. Había días en que se cansaba y pensaba: _ya he trabajado bastante, tengo suficientes ahorros, puedo cerrar e irme de viaje…

Por la tienda pasaba todo tipo de gente. Venían chicas en busca de cosas cada vez más raras. Adultos que hacían preguntas, todos querían saber…

Venían mamás en busca de regalos para calmar los nervios de sus niños. Enamorados que querían sorprender a su amor con alguna originalidad.

Ana Laura, siempre miraba a los enamorados, con mucha curiosidad.

Entonces era ella quién preguntaba: _ ¿cómo es que te enamoraste? _ ¿Qué es lo que sentís? _ ¿Cómo sabes que estas enamorado? Y todos trataban de explicarle que eran lo que sentían. Le contaban de las sensaciones que tenían. Uno le contó, que cada vez que veía a su enamorada, le transpiraban las manos. Otra chica le dijo que cada vez que se iba a encontrar con su amor, le palpitaba más fuerte el corazón. Hay quienes le contaban que con sólo mirar a los ojos a su amor, sentían una gran felicidad.

Todos intentaban explicar a Ana Laura lo que era el amor, pero ella no podía comprender. Le causaba mucha gracia cuando le contaban que los enamorados eran capaces de hacer cualquier cosa para verse. Que algunas veces pasaban mucho tiempo sin encontrarse, que inclusive podían pasar años. Pero que si el amor estaba presente en sus corazones, sus re encuentros serían siempre maravillosos.

De vez en cuando, Ana Laura se preguntaba si alguna vez, ella iba a sentir esas sensaciones de las que todos hablaban, pero no dejaba que estos pensamientos la paralicen.

Un día tuvo que sacar fotos de los productos para poder hacer un catálogo para armar una página de Internet. Porque muchas personas la llamaban de afuera y querían poder elegir regalos a través de la web sin tener que viajar.

Sacó fotos de todos los modelos disponibles, y las llevó a una tienda de fotografías digital para que hagan los retoques necesarios. Cuando llega, se encuentra con una fila de personas esperando. Saca su número para ser atendida, y mientras espera percibe que había alguien observándola. Le toca el turno, entrega su CD, pero siente unos ojos en sus espaldas. Se pregunta distraída si será alguno de sus clientes.

Sale de la tienda y se encuentra con que, él observador, la estaba esperando.
Ella, siente que se ruboriza; pero lo saluda. Él también. Ella sonríe. Se da media vuelta y regresa como volando por las callecitas de Pichincha hasta su tienda. Cuando llegó, se dio cuenta de que sus manos estaban húmedas de transpiración.

Autora

Anila Rindlisbacher – Bar Farina Roll –Rosario – Argentina