La crisis y posterior cierre de los ferrocarriles nacionales trajeron como consecuencia el cierre de los numerosos locales y prostíbulos de la zona, hoy lugar de reunión de artesanos y anticuarios que transformaron al antiguo barrio, que ahora se perfila como un centro de cultura para la ciudad de Rosario. 

Si hay algo que no se puede hacer con la historia, es borrarla. Porque «La historia hay que aceptarla tal cual es» expresó Guillermo Zinni, periodista del diario La Capital. Por eso, las distintas investigaciones encaradas en Rosario desde hace 30 años sobre el barrio Pichincha no pudieron eludir la condición prostibularia que el mismo detentó sobre todo desde 1915 en adelante, hasta la promulgación de la ordenanza Nº 7 de 1932, que determinó el cierre de los quilombos, como se los conoció y denominó popularmente.

No era para menos si se piensa que en el reducido radio que constituía el corazón del barrio aledaño a la estación Sunchales (luego Rosario Norte) se sucedían, casi uno al lado de otro, una serie de este tipo de establecimientos, de distintas características y tarifas, con varios nombres de reminiscencias francesas como Madame Safó, Moulin Rouge, Petit Trianón, Chantecler, Chavannes y otros como El Elegante, Venecia, Italia, España, Mina de Oro, Royal, Marconi, El Gato Negro, Torino, Internacional, Victoria, Sevilla, junto a los “clandestinos”, que carecían de nomenclatura pero no de clientela.

Es que en sus calles angostas y en su profusa arboleda se concentraba la que se denominaría «zona roja» del Rosario de los ’20 y ’30. Eran once manzanas delimitadas por las calles Callao, Suipacha, Av. Salta y Av. Rivadavia. En esa zona funcionaban otros famosos piringundines; ahí, entre copas de champagne, se cruzaban rufianes, políticos, obreros , médicos, abogados, todos buscando el abrazo rentado de las prostitutas francesas, eslovenas, polacas, rusas, en una cuasi torre de Babel, donde lo que menos importaba era el idioma. También era el barrio de Chicho Grande, Chicho Chico, Agata Galiffi y cientos de “panzones”. Todos ellos responsables de que Rosario se convirtiera en la “Chicago Argentina”. Y cuando se habla de rufianes, se establece implícita relación con uno de los mejores negocios del momento: la trata de blancas.

En resumen, Pichincha se convirtió en tierra de nadie, pero al mismo tiempo se centró en el accionar de estos personajes, prostitutas y cafishos. «Conocí a uno de los panzones, el Señor Japé, era francés iba a Europa, se casaba en distintas partes: Leones, Marsella, Paris y le decía a las chicas que él era un gran agricultor ganadero, que era millonario, pero que tenia un problema, así ponía a las chicas en un barco y les decía que los amigos la iban a recibir en Rosario», manifestó Augusto Mercau, médico dermatólogo de Rosario. La escenografía nocturna del barrio presidió muchos años su vida y costumbres, ocultando de ese modo otros aspectos sin duda reales: la explotación inicua de las mujeres que ejercían la prostitución en esos locales, la condición de barrio de trabajo, presidido por la estación ferroviaria, por la que llegaron a la ciudad no sólo los inmigrantes, sino también la migración interna y los cientos de miles de peones «golondrinas» destinados a trabajar en las cosechas.

Con los años Pichincha fue cambiando, dejando atrás su costado oscuro. Quizás fue el mismo Berni, que con sus obras de arte lo transformó en una especie de Palermo Viejo de Buenos Aires, que incluye bares, restaurantes, centros culturales, la feria del Boulevard, dentro de la cual se destacan: La feria Retro, el Roperito, la feria de Artesanías; ancladas sobre Oroño y Rivadavia. Promocionando al público cada fin de semana productos artesanales y gran variedad de objetos antiguos y vestimenta. No solo eso, sumado a esta exposición, se pueden observar en algunas esquinas pintorescas cantinas como El Resorte, Chinchibira y Piluso, en recuerdo del gran “Negro” Olmedo que nació y vivió parte de su infancia en este barrio.

Pero la mayor paradoja del lugar, es que hoy, el modernismo lo tomó como comienzo de la renovación de algunas zonas de Rosario. Fue en los ’90 cuando las medidas privativas del menemismo incidieron en la economía del barrio, con el cierre de su principal fuente de trabajo: la Estación Ferroviaria Rosario Norte. Allí sonó con vehemencia la frase: “Ramal que para, ramal que cierra”, el barrio entró en una debacle. Los negocios cerraron sus puertas, los terrenos quedaron baldíos, los galpones en desuso, generando desocupación. Fue entonces cuando los vecinos, desesperados ante la falta de ingresos, exigieron a la municipalidad una inmediata reactivación del sector; ante esto el municipio decidió ganar la costa para los rosarinos y comenzó a desarrollar nuevas actividades económicas desde el barrio Pichincha hasta el puente Rosario-Victoria. Recién, con los años y con una incipiente prosperidad económica, la Municipalidad comenzó a ocuparse de impulsar un desarrollo urbanístico del lugar.

Las devaluadas whiskerías que quedaban como resabios del pasado prostibulario empezaron a resurgir y otros negocios del rubro se afincaron en la zona. Así, bares y confiterías bailables eligieron ese lugar de radicación que la Intendencia promovió como zona prioritaria. La movida de Pichincha de 2006, es uno de los problemas eje del barrio, es cuestionada por los vecinos de la zona, por el ruido de la música de los boliches y el comportamiento de los jóvenes; picadas de automóviles, destrozos, peleas, dieron como resultados una denuncia en el Concejo. Los colindantes argumentaron: «Nos quitan las horas de sueños, sumado a los destrozos que provocan en nuestras casas»; «Desde hace unos años, por lo menos seis, la gestión municipal señaló arbitrariamente a este barrio como el lugar de la joda rosarina y lo materializó con habilitaciones salvajes y absoluto descontrol». La situación perjudicó a los dueños de los bailables y creó confrontación con los habitantes de la zona. Ambas partes utilizaron al Concejo como el juez en el estrado para que decida sobre la situación. Pero la resolución del Concejo dio su saldo, la presentación de un decreto para detener la actividad de los boliches bailables por 90 días. La simbólica refundación de Pichincha como República cosechó críticas por el modo en que la Municipalidad recreó la tradición prostibularia y artística. Mientras algunos vecinos coincidieron en decir que «no se puede mostrar solamente la cuestión degradante de la opresión a la que fueron sometidas las mujeres», otros remarcaron que «no hay que negar el pasado del barrio». Y desde la Secretaría de Cultura municipal rescataron el «alto nivel histórico».

«El problema de los ciudadanos de Rosario es que creen que las cosas deben ser blanco o negro, y en la vida hay que saber manejar los matices de grises, en vez de querer una cuidad con más atracciones turísticas, queremos ser una cuidad moralista entonces hasta que no cambiemos, Pichincha será un bario de discusiones», opinó Guillermo Zinni. Para lanzar el nuevo perfil que se intenta dar a Pichincha, la Intendencia había organizado visitas guiadas por los ex prostíbulos y milongas, y proyectado filmes. Hubo actores con trajes de época recordando a los inmigrantes, autos antiguos y hasta vendedores de empanadas que coparon las calles en una suerte de túnel del tiempo. No faltaron policías, bataclanas y rufianes y, en la puerta del mítico burdel Madame Safó, su dueña hasta invitó a conocerlo. Contrastando ese proyecto municipal Mercau objetó «Lamentablemente están empezando a poner prostíbulos nuevamente en forma disimulada y las autoridades sanitarias no reaccionan, la sociedad tampoco y creo que cuando nos descuidemos vamos a estar de nuevo con la gran cantidad de prostíbulos»

Por otro lado, los escasos prostíbulos legales que funcionan ya no son el auge del lugar, como lo fue en los años ’20; pese a que la prostitución trascendió los tapiales de Pichincha no dejan de ser un centro de atracción, chicas jóvenes son las que esperan a los clientes cada día de la semana, las encargadas se sientan en la puerta del lugar, son el cartel de señalamiento de que allí habrá alquiler de amor. Por otro lado, se encuentran prostíbulos ilegales y hay que ser practicante de esa religión para saber donde se esconden cada uno de ellos, ya que se disfrazan tras simples casas antiguas. Una de las razones que desplazó el alma de lo que fue Pichincha es el ambiente prostibulario que se amplió en otras zonas de la cuidad de Rosario, como lo son las calles aledañas a la terminal. Por lo que ya no se frecuenta exclusivamente aquél. Para retratar un vieja postal, la Municipalidad apeló a la historia rosarina de los albores del siglo XX, y se encendió la polémica.

«Pero hoy sucede lo mismo», dijo uno de los vecinos de la zona, Eugenio Pereyra. A los residentes del barrio, tampoco se les escapa que posiblemente la explotación de mujeres también tenga hoy su correlato. Aunque, a juzgar por la demanda de chicas para trabajar en los llamados «privados» y las suculentas propuestas económicas, ellas acceden de motu propio. «Sería deseable que no se repitan en la actualidad aquellas vulneraciones a la dignidad humana que significó la explotación de los más débiles, inmigrantes en su mayoría, de la mano de la prostitución y el narcotráfico», argumentó el historiador Miguel Ángel De Marco.

En este contexto, los habitantes de Pichincha volvieron al ruedo al enfatizar sus críticas al municipio por el cariz (según ellos, molesto) que le pretende imprimir al barrio: un sector donde convivan bares, boliches bailables, restaurantes y cabaret; una mezcla que les crispa los ánimos. Los referentes barriales confiesan que deben soportar el aluvión de unas diez mil almas en busca de diversión. Por las noches, de jueves a sábado, el corazón histórico del barrio se convulsiona. Música, gritos, autos, alcohol y peleas, sin contar los desechos biológicos esparcidos en umbrales y veredas. «Y como si esto fuera poco contamos con muy poco control policial, de la Guardia Urbana Municipal (GUM) e inspectores municipales. Los vecinos queremos tranquilidad, calidad de vida, que no habiliten más boliches, y a los que están que se les hagan cumplir todas las normas de habilitación vigentes, y si no que los cierren», se quejó Ana María del Río. Sin embargo, la actividad emparentada con la música y el baile va en crecimiento.

En la actualidad, la zona comprendida por bulevar Oroño, San Nicolás, Tucumán y el río contiene dos cabaret y whiskerías, habilitadas por la Intendencia, en Callao 76 bis (El Escondite) y Salta 3519 (Fosse). Aunque, se iniciaron los trámites correspondientes para otros dos locales del rubro en Callao 125 bis (allí funcionó El Monito y en pocas semanas abrirá La Rosa), y San Nicolás y Salta, según se informó la Municipalidad desde donde no se hizo mención a la whiskería Búho (Salta esquina Cafferata) que se encuentra en plena actividad. Al menos eso confirmaron los vecinos. La zona alberga también a 16 bares con amenización musical, el 27 por ciento de los instalados en toda la ciudad donde hay unos 60. Pero además Pichincha cuenta con 4 confiterías bailables, mientras que desde el sitio de espectáculos musicales Willie Dixon (Suipacha y Güemes) ya se solicitó convertirlo en un boliche. Por otro lado, el barrio tiene dos cantinas; espacios donde se puede cenar, bailar y ver shows. Con tanto esparcimiento, este rincón geográfico rosarino ha ganado fama a nivel nacional. Así como el público de Buenos Aires se tomaba el tren a Rosario Norte para visitar los burdeles del siglo pasado, la moda de algunos jóvenes porteños pasa hoy por venir los fines de semana a Pichincha, con la misma intención que sus antepasados. La impronta de la “mala vida” iba a signar entonces a Pichincha y es por ello que -sin apologías que nadie en su sano juicio pretendería- han perdurado mucho más la módica fama del Paisano Díaz o la de la misteriosa Madame que los nombres de los vecinos que, día a día, iban construyendo paralelamente las bases de la ciudad de nuestros días. Pichincha debe ser, por eso, vista desde el rastreo investigativo con sus luces y sombras porque esa es la tarea de la historia: hacer que la futilidad, la minucia, la trivialidad o el dramatismo y la profundidad del transcurrir de una ciudad queden resguardados en toda su insignificancia o en todo su esplendor. «Sucede como cuando una persona se realiza un análisis de sangre. Una pequeña muestra sirve para comprender el estado de su salud. Los barrios de rosario son la microhistoria de una historia mayor; una experiencia universal», concluyó De Marco.

Contra punto

Augusto Mercau de 98 años actualmente es médico de la clínica de la piel situada en San Luis y Laprida de la cuidad de Rosario. Colaboró a fines de la década del 30 en la atención de prostitutas como médico residente. «Pichincha debería ser una vergüenza», resaltó Mercao y agregó: «La unión sexual no está echa para la diversión sino para conservar la especie. El hombre debería darle lugar al acto sexual dentro de la parte afectiva, es decir un acto compartido. Nada más estúpido por parte de los hombres tener relaciones con prostitutas. Desgraciadamente las chicas eran víctimas de los hombres que las obligaron a trabajar, los matones las tenias a los palos, tenían que ejercer la prostitución». Para concluir su postura Mercau hizo énfasis en la moral que se le quiere atribuir a pichincha «Hoy vale más un atorrante cualquiera que un ilustre ingeniero, un gran médico o un investigador»

Guillermo Zinni actualmente periodista del Diario la Capital y colaborador de Rafael Ielpi, Director del Centro Cultural Bernardino Rivadavia, argumentó desde su punto de vista que hay que «Aceptar la historia tal cual es, no como algunos ciudadanos quieren que sea», y agregó: «En la zona del centro de Rosario se trataba de ocultar todo lo que era popular por ejemplo la venta de sexo y es por eso que a los prostíbulos se los trasladó a las periferias. Pero Pichincha albergó también al tango, pinturas, moda y formas de vivir, tornándose un barrio bohemio». «Verdaderamente lo que se busca respecto a Pichincha, es hacer de este un lugar turístico y que la gente en tienda que Rosario se trasformo en una cuidad elegida por el turismo, por eso hay que ser más abierto y tolerante el problema de los ciudadanos de Rosario es que creen que las cosas deben ser blanco o negro, y en la vida hay que saber manejar los matices de grises, en vez de querer una cuidad con más atracciones turísticas, queremos ser una cuidad moralista entonces hasta que no cambiemos, Pichincha será un barrio de discusiones», concluyó Guillermo Zinni.

Fomentando la cultura popular

Actualmente, Pichincha ha perdido su impronta prostibularia y se está transformando en un importante polo cultural de la ciudad de Rosario.

Desde 2002 funciona allí la Secretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario, dentro del edificio de la antigua estación Rosario Norte, y el mercado de antigüedades: Feria Retro la Huella”, conocida por todos los rosarinos como la “Feria del Boulevard”. La exposición esta ubicada sobre el pavimento de la avenida Rivadavia en intersección con el Boulevard Oroño, comprendida entre avenida Ovidio Lagos y calle Rodríguez. Los inicios de la feria tuvieron lugar cuando un grupo de desocupados se acerca a la municipalidad rosarina para pedir una pronta resolución a su situación económica; desde la intendencia se les ofreció un espacio para que expusieran y vendieran al publico sus artesanías y antigüedades y así, de forma provisoria, tomar esa actividad como una salida laboral. «La feria surgió como salida laboral de varias personas, años más tarde, con el resurgimiento de Pichincha, la municipalidad la consideró como un espacio cultural del propio barrio», aseguró Sergio Soria, coordinador de la Feria del Boulevard. Para ese entonces la feria solo contaba con 35 puestos de venta; hoy son más de 150 los que todos los domingo ofrecen antigüedades y objetos del pasado y de la vida cotidiana del rosarino y sus antecesores, los inmigrantes, a precios muy accesibles.

El mercado permite recuperar parte de la memoria de la ciudad, sin alterar el funcionamiento normal de los comercios de la zona y haciendo de este lugar un circuito turístico integral, incluyendo a la zona de Pichincha al cordón cultural de la ciudad. Por otra parte, La apertura de este espacio promueve fuentes genuinas de trabajo, ya que los puestos fueron adjudicados a desocupados, que hallan aquí, un espacio cooperativo y de crecimiento colectivo.

Fuente:

Autores: Fissore Belén, Grioni Grasso Julieta, Maryniv Ariel, Ojeda María Victoria, Passarelli Luisina, en Blog de la Cátedra de redacción 2 – Escuela de Comunicación Social – Facultad de ciencias políticas y relaciones internacionales – Universidad Nacional de Rosario.