La historia no tiene dueño o la nueva generación espontánea

Fachada del Hotel Ideal
En la era de oro de Pichincha, aquí funcionaba el prostíbulo El Paraíso.

Continuando el intenso debate formulado en las páginas del suplemento Señales del Diario La Capital, en esta oportunidad quien interviene es Guillermo Zinni, hijo del fallecido Héctor Nicolás, quien fuera en los años 70 coautor de Prostitución y Rufiansimo con Rafael Ielpi. En este artículo, pretende reivindicar la memoria de su padre revalorizando su trabajo de investigación, que, a su entender, fue menospreciado, en el marco del debate acerca del origen y denominación del prostíbulo Madame Safo o El Paraiso. 

Una nota publicada en este suplemento hace cuatro semanas sostenía que el Madame Safo “nunca se llamó Madame Safo”, ya que según recientes revisiones de papeles municipales y policiales de la época aparece como “El Paraíso”, haciendo veladas (y no tan veladas) referencias a que el libro “Prostitución y rufianismo” no debe considerarse una obra histórica sino de “mitos y leyendas”, y que tanto mi padre, Héctor Nicolás Zinni, como Rafael Ielpi, sus autores, no fueron investigadores y mucho menos se los debe considerar historiadores, sino sólo “periodistas” que a través de determinadas “operaciones” (sic) “renominaron” (sic) a ese lugar como Madame Safo.

Luego que a la semana siguiente Rafael Ielpi hiciera su descargo en estas mismas páginas, la autora de esa nota volvió a la carga con el título de “El relato de la historia no reconoce textos sagrados”. Allí, luego de apabullar al lector dando una clase magistral de los criterios de historicidad desde el Renacimiento hasta el siglo XIX, parece reconocer humildemente su falibilidad al decir que también le podría llegar a suceder que futuros investigadores “verán cosas que se me pasaron por no saberlo o sospecharlo”. Pero esta actitud dura poco, y luego de afirmar que leyó “todo” (sic) y que por su formación “décontracté” (sic) ella puede mirar “por fuera de los mitos y las misceláneas evocadoras” (esto último quizá como crítica a mis Viajeros del Tiempo), el hecho de “ser una historiadora incardinada en cuerpo de mujer” (¿?), entre otras cosas, le “permite producir inteligibilidad”.

Si bien tanto mi padre como el Negro Ielpi cometieron el “pecado” de hablar de historia sin haber hecho la carrera de licenciatura en esa especialidad, y el mayor pecado aún de no gozar nunca de los beneficios de ninguna beca del Conicet, fue quizá por esto mismo que pudieron en ese entonces llevar adelante sus trabajos de investigación sobre los aspectos ocultos y menos conocidos del pasado de la ciudad.
Mi padre era un apasionado de la historia, tanto de la nacional como de la local, y aunque sus criterios al respecto no coincidieran con los términos universitarios, hizo escuela. Sus obras tocan temas locales (mafia, prostitución) nunca antes comentados por autor alguno -licenciado en Historia o no- y marcaron el camino para las futuras generaciones de investigadores. Por esto, nunca estuvo en su ánimo el que se consideraran sus libros como “sagrados” -constituyendo esta afirmación una agresión infundada y absolutamente gratuita-, ni nunca sostuvo que la suya fuera la última palabra. Aunque sí la primera, la fundamental, la pionera.

Pichincha, la mafia y la prostitución rosarina habían sido “desaparecidas”, “ninguneadas”, y ningún historiador, académico o no, había tenido el coraje y el desenfado de exponerlas públicamente. Un total y absoluto manto de sombras, un pacto de silencio, escondía esos aspectos del pasado rosarino, y hubo que empezar de cero. Es que por entonces hablar de esas cosas no era “historia”, así que también el mérito del tríptico “Prostitución y rufianismo”, “La mafia en Argentina” y “El Rosario de Satanás” se encuentra en haber jerarquizado o recategorizado una temática considerada hasta entonces no sólo menor, sino también inexistente.

Además de haber investigado en archivos policiales, municipales y periodísticos, mi padre tomó contacto con testigos de esa época, porque para él y para Ielpi, fogueados en el periodismo, las entrevistas tenían la frescura y la originalidad de lo auténtico, de lo vivencial, algo que no se puede encontrar nunca en la fría letra de un expediente. Así, obviamente, hasta donde ellos pudieron constatar, el Madame Safo se llamaba Madame Safo. Quiero decir con esto que ese nombre no lo inventaron, mucho menos fue una “renominación”, ni fue producto del “mito” o de la “leyenda”: así era conocido, efectivamente, en general, por las personas de la época.

En vez de elegir directamente el camino de la confrontación, algo que creo que en nada la ennoblece, quizá la profesora María Luisa Múgica hubiera podido agregar humildemente a esto que ha encontrado que en algunos -muchos o pocos- documentos municipales o policiales, el Madame Safo figura como “El Paraíso”, “la casa de Madame Sapho” o “El Paraíso de Madama Safo”, pero en todo caso eso era lo que mi padre quería: que nuevos y “décontracté” investigadores, historiadores o no, universitarios o no, becados o no, incardinados en cuerpos de mujer o de hombre, pudieran llenar los huecos que él iba dejando en su obra para tener el tiempo suficiente para poder seguir señalando otros nuevos caminos.

Es más, me acuerdo cuando él decía, de alguna manera como lamentándose: “Hay que seguir investigando, hay que leer todos los diarios, hay que mirar en todos los archivos, pero yo no puedo hacer todo. Eso se lo dejo a los que vienen detrás de mí”. Es que para él antes que nadie en Rosario, por su carácter de pionero en esta ciudad del estudio y divulgación del revisionismo histórico, siempre estuvo claro que nadie es dueño de la historia.

Luego de haber abierto un camino plagado de espinas y de haber enfrentado los fantasmas de la censura y la petulancia de algunos licenciados que los miraban de reojo, tanto Zinni como Ielpi se convirtieron en referentes, algo que ahora, revitalizados esos temas, parece incomodar a aquellos que, ¡vaya paradoja!, escribiendo de historia quieren presentarse como si fueran una generación espontánea. Así, “ninguneadores” de toda calaña, algunos disfrazados de mosquitas muertas y otros quizá demasiado “tinellizados”, se lanzan en picada sobre cualquier documento no tanto para hacer un aporte a la historia sino para autopromocionarse desprestigiando las obras de los autores que los precedieron y hasta a los autores mismos. Pero las cosas no son así. Y la gente lo sabe. Y ellos, aunque nunca lo reconozcan, también lo saben.

Vía | Guillermo Zinni – Suplemento Señales – Diario La Capital – Domingo 04 de mayo de 2008

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