Rosario fue, después de Buenos Aires, una de las grandes plazas prostibularias argentinas. Desde las últimas décadas del siglo esta ciudad-puerto de la provincia de Santa Fe, estratégicamente ubicada a orillas del Paraná, había tenido un sostenido desarrollo económico basado en la exportación de trigo, constituyendo un foco de atracción para la legión de inmigrantes que llegaban al país en busca de trabajo. En su puerto recalaban muchos barcos y con ellos, gran cantidad de marinos inquietos y ávidos de mujeres. 

En 1887, el Primer Censo General de la provincia de Santa Fe consignaba que la población de la ciudad de Rosario era de 50.914 personas. Los censos de población realizados posteriormente dan la pauta de su crecimiento vertiginoso: mientras el de 1900 señalaba una población total de 112.461 habitantes, el de 1906 elevaba la cifra a 150.686, el de 1910 alcanzaba las 192.278 personas y el de 1926, 407.000. El crecimiento de Rosario, no solo demográfico, llevaba a que el diario La Nación afirmara en 1926 que en veinte años había triplicado su población, decuplicado su comercio y que el puerto —construido para alcanzar el máximo movimiento en cincuenta años— resultaba ya estrecho y ocupaba el segundo lugar en el mundo por el monto de sus operaciones en grano.

Los desequilibrios en la relación hombres-mujeres en Rosario quedan al descubierto cuando se cotejan sus censos municipales: en 1900 los hombres constituían el 53,40%; en 1906 el índice de masculinidad había trepado al 54,21%; en 1910 era de 53,80% y en 1926, 51,70%.

En 1930, uno de los diarios locales, Reflejos, daba cuenta de cómo esa situación había incidido en el desarrollo de la prostitución en gran escala, convirtiendo a Rosario en la segunda ciudad en importancia respecto de la trata de mujeres. Además, añadía, su proximidad a la capital hacía que fuera el punto obligado, como primera escala, de todo lo que salía de Buenos Aires, ya fuera bueno o malo. Esto hizo que se la conociera como “la ciudad de los burdeles”, establecidos por decenas en algunas zonas, como la conocida “sección cuarta”—extendida entre el Centro y la estación Sunchales, eje de la vida prostibularia de Rosario hasta mediados de 1910— donde se concentraba “el infame comercio de la carne humana” y donde, de acuerdo a denuncias de la época, menores prácticamente secuestradas “vendían sus caricias” ante la indiferencia o la complicidad de las autoridades. En este barrio —tal como ocurrió en Montevideo con el Bajo— los lupanares alternaban con bodegones, boliches, fondas y antros de todo tipo en los que se bebía y “timbeaba” hasta altas horas de la noche.

La política de las autoridades municipales con respecto a la instalación de prostíbulos fue oscilante: los prohibieron expresamente en determinadas calles, establecieron una zona de exclusión (antes de 1900) o admitieron fijar un radio permitido como ocurrió en 1906 ó 1911. A partir de esta última fecha la municipalidad reconoció la posibilidad de que los burdeles se afincaran en el barrio Sud-Este, en las calles Cochabamba y Pasco (aunque no en toda su extensión) y en el barrio Nor-Oeste, en las calles Pichincha y Suipacha donde, con prostíbulos de mejor nivel, las autoridades otorgarían los permisos con mayor cautela, exigiendo a los que allí se instalaran, reunir requisitos especiales para ser clasificados de mejor categoría.

Aunque en 1874 se aprobó la primera ordenanza relativa al control del “comercio inmoral”, las “casas de tolerancia” continuaron expandiéndose como hongos. En 1896, los informes municipales hacían referencia a la existencia de sesenta y un prostíbulos ubicados estratégicamente en la cercanía de fábricas y talleres donde se concentraba mano de obra masculina. La eclosión de los burdeles llevó a que las autoridades, presionadas por las constantes denuncias de los vecinos, aprobaran nuevas ordenanzas: la de 1887, la de 1892 y la de 1900.(…)

Ya entrado el siglo XX, muchos prostíbulos se trasladaron al cercano barrio de Pichincha exhibiendo carteles con el nombre que los identificaba: Royal, El Gato Negro, Moulin Rouge, Petit Trianon, Chantecler, Italia, Madame Safo. Este último, uno de los más lujosos y cuya fama trascendió los circuitos internacionales del mundo prostibulario, tenía decenas de mujeres —francesas, en gran proporción—, estaba ricamente decorado y amueblado, y era punto de visita obligado donde agasajar a todo hombre importante que llegara a la ciudad.

Las mujeres que trabajaban en el Madame Safo o en otros prostíbulos de categoría costaban muy caras, de dos a tres mil pesos en los años veinte, valor que equivalía, según algunas versiones, al de una casa “preciosa”, con balcones. Esa suma representaba el valor de tenencia de la mujer, su garantía; por lo tanto, si ella huía o moría, el dueño del burdel debía indemnizar en esa cantidad de dinero al traficante que se la había traído. Si no se pagaba por ellas, las muchachas no podían ejercer la prostitución en ningún otro lugar, pues dentro del submundo de los proxenetas se sabía perfectamente a quién pertenecía cada una de las mujeres y se respetaban, religiosamente, los derechos de sus dueños; las madamas, escudadas en la frase “No quiero compromiso”, rechazaban a las mujeres que queriendo trabajar por su cuenta golpeaban las puertas de sus prostíbulos, defendiendo de esta forma las reglas de juego imperantes en el “negocio”.

Uno de los grupos de proxenetas que se afincó con más fuerza en la ciudad fue el de los judíos, quienes realizaban un activo comercio de mujeres extranjeras que colocaban tanto en los burdeles locales como en los bonaerenses. También en Rosario los miembros de la sociedad Varsovia —luego Zwi Migdal— erigieron su sinagoga en la calle Güemes y su propio cementerio en Granadero Baigorria, en las afueras de la ciudad, aunque —a diferencia de lo ocurrido en Buenos Aires— recién fuera inaugurado en 1934.

En setiembre de 1933 Saul Friedman, León Sinay, Natan Graber, Heiman Teitelberg, Luis Germelin, Bernardo Seheiner, Mauricio Rotrand, Salomón Germán y Natan Borenstein en representación de Zwi Migdal con domicilio en Pichincha 248, pidieron autorización a la Comisión de Fomento de Paganini —hoy Granadero Baigorria— para instalar un cementerio judío.

En este cementerio fueron sepultados, en adelante, los traficantes judíos que actuaban en Rosario y sus mujeres, y también algunos miembros de la Zwi Migdal como Max Zysman, Mauricio Raftenberg, Simón Schwartz, Pincus Helfer, Ignacio Engel y Pincus Woterman (Engel y Zisman estaban prontuariados en Montevideo). Entre las mujeres está enterrada Albina Bederko, quien figuraba en 1912 como dueña de un prostíbulo situado en Güemes 2140 y quien firmó junto a otras mujeres, una serie de notas dirigidas a la Municipalidad de Rosario. Entre las otras firmantes estaba Rosa Cohn, propietaria de otro prostíbulo en la misma calle y esposa del proxeneta Bernardo Gutwein, ambos integrantes de la Migdal. También se encuentra Sara Gutgold de Helfer, esposa de Pincus e integrante del clan de los Gutgold, algunos de sus miembros enterrados en el cementerio sefaradí de La Tablada en Buenos Aires. (…)

En la década de 1930, el otrora floreciente negocio de explotación de la prostitución comenzó a tambalear, no sólo por las “batidas” policiales realizadas en la ciudad a raíz del desbaratamiento en Buenos Aires del grupo de los traficantes judíos de la Zwi Migdal (procedimientos que habían existido en otros momentos), sino porque la política local en materia de prostitución cambió drásticamente. En esos años, las ideas abolicionistas se instalaron con fuerza en el colectivo municipal a pesar de que, desde algunos diarios, se plantearon los temores que generaban tales iniciativas.

Autora:

Yvette Trochon (Diario La Capital – Suplemento Señales – 18/03/2007)