Ciudad Olmedo

Ciudad Olmedo
En Pichincha hay homenajes a Olmedo en cada esquina.

Emanuel Rodriguez, es periodista del Diario La Voz de Córdoba y autor del blog Pinchilón Fonseca. En el marco del 20º aniversario de la muerte de Alberto Olmedo, Rodriguez vino a Rosario, y más precisamente al Barrio Pichincha a cubrir su espíritu de la ciudad post-Negro, y relató sus estancia en el barrio con mucha poesía y realismo. Una anécdota digna de ser leída. 

Enviado especial a Rosario significa que me tomé un colectivo, fui a un hotel, caminé por el barrio de Olmedo, me tomé una cerveza, perdí el colectivo de vuelta, me subí a otro colectivo, en el asiento de atrás iba Miss Córdoba llorando y en Villa María bajé, le compré un agua mineral y le dije que se tranquilizara. Hablamos hasta llegar a Córdoba y cuando llegué me enteré de que el colectivo que yo había perdido chocó contra un camión de vacas y se demoró 14 horas más en llegar. Miss Córdoba es alta, alta, cuando se paró la cabeza casi tocaba el techo del colectivo.

Del otro lado de la ventana del cabaré dos chicas invitan con poca sutileza a entrar a cuanto caminante tenga la ventura de pasar, de noche, frente al local del Monito. O de lo que antes se llamaba el Monito. Hace unos años cambió de nombre pero no de rubro. Al lado hay un hotel: Callao del 0 al 100 reúne todo lo que un navegante o un ferroviario pudiera necesitar de paso por Rosario. Mujeres tristes con maquillaje alegre, alcohol barato y lugar donde dormir.

Al frente del cabaré, lo que queda de un antiguo conventillo ampara una leyenda: en una de esas piezas vivió Alberto Olmedo hasta antes de irse, con no más de lo que hoy serían 50 pesos y 18 años, a probar suerte a Buenos Aires.

Pichinchas (sic) era un barrio de pobres, prostitutas y cafishios. La estación de trenes y el puerto que está detrás lo condenaron a ser lugar de paso de viajantes. Llegó a promediar tres cabarés por cuadra y a albergar a mafiosos de entre copas, célebres por armar cordones humanos que obligaban a los caminantes a entrar a un determinado cabaré. Barrio popular, destino de inquilinos sin dinero. El desastre ferroviario lo condenó a muerte pero revivió con la refuncionalización de las viejas casonas devenidas en bares de pose bohemia.

Ahora alberga una leyenda.

Eramos tan pobres…

¿Qué quedó de Olmedo a 20 años de su muerte? En la República de Pichinchas (sic) hay dos estatuas que son el colmo del arte pop. La primera fue fruto de una iniciativa privada, de un grupo de amigos.

Un rosarino de nombre Amílcar se encontró con Olmedo en Caracas, Venezuela, mientras éste filmaba una película con Jorge Porcel, y le prometió levantarle un monumento. El Negro se rió de la idea, era, según cuenta cada uno de los rosarinos que lo conoció, un tipo humilde. Años después, Amílcar y algunos socios más inauguraron un bar cultural que primero se llamó El bar del Negro y después tuvo que cambiar el nombre a La Esquina del Negro porque un oportunista había patentado la primera opción y les pedía el 5% de las ganancias para seguir usándola. En la esquina de Callao y Brown replicaron la estética de una verdulería en donde Olmedo trabajó como cadete y sobre cuyos cajones de lechuga, cuenta la historia, dormía, porque las hojas verdes eran más blandas que su propio colchón.

La esquina está presidida por una estatua que parece un altar, una manifestación kitsch de cariño en bronce y cemento. Un busto lo recuerda sonriente, y unos platos alrededor traen la memoria de sus personajes más célebres y de sus dos compinches por excelencia: Javier Portales y Jorge Porcel.

A dos cuadras de la esquina del Negro está la Estación Rosario Norte. A unos metros comienza el Parque Norte, una especie de plaza alargada por la que corren o caminan personas con intenciones atléticas. En uno de los bancos del parque hay otra estatua del negro: está sentado, y cada uno de los rosarinos que pasa cerca saluda, a veces en voz alta, a veces como un rumor parecido a un música, “Chau, Negro”.

Pero son apenas gestos urbanísticos: además de las estatuas hay algo intangible que hace de esta ciudad una capital del homenaje, algo intangible y cotidiano, que no parece tener que ver con la muerte.

No me atosiguéis. No hay grandes eventos para conmemorar el 20 aniversario de la muerte de Olmedo: los rosarinos prefieren celebrar nacimientos. Piensan festejar a lo grande el 25 de agosto, el día en que Olmedo cumpliría 75 años. Claro que sí habrá recordatorios: durante toda la semana en las radios y en los diarios de la ciudad se rearmó la biografía de Olmedo y se recreó el mito del rosarino de ley, del tipo que volvía a Rosario a cargar pilas, del hombre que nunca se olvidó de Pichincha ni de cada uno de sus amigos, que hoy se cuentan por millones.

Por estos días es posible dividir a los rosarinos entre quienes conocieron en persona a Olmedo y quienes no. Una línea de sobrecitos de azúcar sobre la mesa de un café divide a los grupos entre los que recuerdan anécdotas y los que escuchan con admiración. Pero sería imposible dividir la ciudad entre quiénes lo quieren y quiénes, no. En eso hay unanimidad: la parte de la ciudad que quedó de Alberto Olmedo ni siquiera se divide entre hinchas de Central e hinchas de Newell’s, y eso que el Negro era canalla y hasta una vez se puso el gorrito de la academia en pleno sketch de Borges y Álvarez para celebrar el campeonato de 1987.

¿20 años, ya?

Taxistas, quiosqueros, policías: a todos les sale la misma pregunta incrédula, una especie de estrategia contra el paso del tiempo, la duda que dejan esas muertes que parecen no llevarse sino un cuerpo y dejar en las calles todo lo demás: gestos de amistad, guiñadas de ojo, y la posibilidad de ver todo como la oportunidad de un chiste.

Con Olmedo varias generaciones de argentinos aprendieron a sentarse con las piernas cruzadas a conversar sobre la nada y a imaginar siempre una utopía misógina en la que todas las mujeres desean con fervor acostarse con uno, o por lo menos tienen que hacerlo, como las chicas tristes de maquillaje alegre del Monito.

Después de hacer cuentas y confirmar el número redondo, a pesar de que lo repiten en las radios, en los diarios y en la tele, los rosarinos hacen un silencio de unos segundos, toman aire y suspiran. Ese soplido precede a una frase que varía entre “qué tipazo, el Negro”, “qué grande, el Negro” y “qué maestro, el Negro”. Todo Rosario lo quiere: su rostro aparece con la misma frecuencia que los escudos de los equipos de fútbol. Remeras, graffiti, stencils, banderas, estatuas, fotos, dibujos, pinturas, platos, vasos, ceniceros, manteles, toallas, ropa interior, relojes. Los bares de Rosario tienen además una tendencia a llamarse Negro, Piluso, Rucucu.

Rucucu, por ejemplo, queda a una cuadra de La Esquina del Negro. Es un bar de soda en sifón, de paredes desgastadas y olor a frituras. Es un bar con heladera mostrador y parece que el tiempo hubiera pasado en todo Rosario menos en esa esquina. Hay fotos de Olmedo en distintas situaciones, siempre haciendo gala de la potencia de sus gestos faciales. En la televisión están pasando los goles de la última fecha del Campeonato Clausura y dos parroquianos toman vino de mesa. “Muy querido, el Negro. El Negro era muy querido”. “Nunca se olvidó del barrio”. Vino con soda en sifón y frases como un chorrito sencillo pero suficiente.

El viento que pasa primero por el Paraná y después por las calles de Rosario no trae tierra pero sí la sensación de que va a refrescar. Hace una semana que no deja de llover y por eso las películas de Olmedo que La Esquina del Negro iba a proyectar durante todos estos días en su patio han quedado para mejor ocasión.

Hoy lo intentaban de nuevo: si la lluvia lo permite proyectarán alguno de los clásicos como Los colimbas se divierten, A los cirujanos se les va la mano o El Manosanta está cargado. Y eso será todo: la muerte no se celebra, y si es por recordar a Olmedo, a los rosarinos la efeméride les sobra. Toda la ciudad es un encanto contra la ausencia. Por eso no pueden creer que hayan pasado 20 años.

Epílogo

La Esquina del Negro, medianoche. Hay poca gente. Llega un hombre enorme, de piel oscura, cargando dos bidones de aceite de Oliva. “Te dije que te los traía hoy, y te los traje hoy”.El dueño del bar y el vendedor de aceite hablan someramente de códigos, y el dueño llama a la cocinera, quien sale inmediatamente. El vendedor de aceite se incorpora y estira la mano: “Facundo Arana, mucho gusto”. La cocinera es pura elegancia: “Para vos, Penélope Cruz”. El vendedor de aceite acepta el desafío, levanta una ceja y sonríe con la mitad de la boca: “Olvidame, pero no me confundas”. Es el barrio de Olmedo.

Emanuel Rodriguez

El autor:

Emanuel Rodriguez es periodista de espectáculos del Diario La Voz de la Ciudad de Córdoba. El presente artículo fue publicado en la edición del 05 de marzo de 2008 en la sección espectáculos. Además es dueño y redactor de un blog llamado Pinchilón Fonseca: Emanuel se cree periodista.

1 comentario

  • Alfredo dice:

    La nota de Emanuel es genial, no es periodista, es…. POETA!, me gusto mucho. No se como nadie hizo un comentario, si es del 2008.- GRANDES :… EMANUEL y OLMEDO.-

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